Tommy
Hilfiger:
Mi amistad con Tommy
Hilfiger surgió por
culpa de una prenda íntima de vestir. Se trata de una corbata,
pero como yo la uso por debajo de la camisa para que no se note mucho,
es como una prenda íntima. Resulta que mi esposa (Miss Emma)
me regaló por el Día de San Valentín una corbata
de diseño casual que, casualmente, llevaba su nombre (el de
Tommy Hilfiger, no el de mi esposa). Yo, sin ánimo de ofenderla
y por tratarse de San Valentín, le dije: “Mi
amor, no hay que ser santo, pero hay que ser muy Valentín para
ponerse esa cosa”. Ella se ofendió muchísimo y me amenazó con
dejarme por Tommy Hilfiger. Y se fue de la casa.
Meses después,
como la corbata era tan llamativa, la llamé (a mi esposa; no
a la corbata). Atendió el teléfono y me dijo que vivía
con Tommy Hilfiger. Fui a buscarla rabiando de celos y con la corbata
puesta. Tommy Hilfiger, emocionado por mi hazaña de ponerme
aquella corbata y agradecido por librarlo de mi esposa, me brindó una
sincera amistad que aún conservamos casi fresca.
Mc Donalds:
En cierta ocasión, de regreso a Chile,
hice una breve escala técnica en Mendoza (Argentina) para cambiar
de recua. Era uno de esos viajes que hago a veces para demostrarle
al mundo que atravesar la Cordillera de Los Andes a lomo de mulo no
es nada aconsejable para el que padece hemorroides. Allí conocí a
Atahualpa Mc Donalds, nieto de Facundo
Mc Donalds (“El Caucho”).
El apodo de “El Caucho” en lugar de “El Gaucho”,
como debiera ser tratándose de un argentino, se debe a la materia
prima que utilizaba Don Facundo Mc Donalds para elaborar las hamburguesas;
una especie de pasta viscosa que obtenía mezclando resina de
Jacarandá y goma arábiga. El abuelo de Atahualpa es el
precursor del consorcio internacional que los gringos, malévolamente,
le robaron a los argentinos. La experiencia de este argentinito humilde
(quizás el único que registren los anales de la historia)
me conmovió tanto, que decidí emigrar a Estados Unidos,
formar parte de la “hamburguesía” norteamericana
y hacerme socio de Mc Donalds. Como colofón a esta conmovedora
historia personal, es mi deber confesar que me siento responsable de
un lema que en la actualidad la gente enardecida corea (hasta en Corea)
cuando hace manifestaciones callejeras: “PIBLE
Y MC DONALDS UNIDOS, JAMÁS SERÁN VENCIDOS”.
JC Penny:
Si tuviera que definir mi vida en dos etapas
lo haría así: A. D. J. C. y D.
D. J. C.
O sea: Antes de J.C. y Después de J.C. (Por supuesto que cuando escribo
J.C. me refiero a JC Penny y no ha Jesús
Cristo) ¡No estoy tan viejo aún!
¿Qué incidencia
tuvo JC Penny en mí para marcar mi vida de esa manera? –se
preguntarán ustedes.
Y, si no se lo preguntan, me da lo mismo porque voy a contestar de todas maneras.
Siendo niño soñaba con viajar a África y conocer chinos,
mongoles, esquimales y otros nativos de ese enorme continente. Dicho en otras
palabras; cuando era niño, además de ser un soñador, era
bastante ignorante.
Años después, un buen día,
cayó en mis manos una revista de modas, de modo que llené un
cupón que traía, les escribí y me contestó el
mismísimo JC Penny. Me contaba que planeaba poner una
tienda en una tribu de caníbales vegetarianos de “Mukusuluba” (yendo
para Nigeria, a mano derecha) y necesitaba de alguien que se arriesgara
a hacer la publicidad puerta a puerta. Me ofrecí voluntariamente
(uno hace cualquier cosa por salir de Cuba) y ese arrojo y desinterés
mío impresionaron favorablemente a JC
Penny. A tal punto que, a pesar de que la tienda fue un fracaso
(aquellos salvajes no tenían puertas en sus chozas y no se pudo
hacer publicidad) hoy en día seguimos siendo grandes amigos.
La O. N. U. Mi compromiso con la ONU (siglas que quieren
decir algo así como Organización
de Naciones Unidas), más que de amistad es de interés
político. A raíz de que firmara contrato con “Universal
Music”, para arreglar un poco el viejo bolero de Rabel
y dejarlo en condiciones de ser interpretado por el astro mexicano Luis
Miguel (Luismy, como prefiere él que le diga en nuestros
ratos de ocio), se personaron en mi residencia de Miami altos funcionarios
de la ONU. Estos sujetos, enviados por Collin
Powel, me amenazaron con azuzarme a los sabuesos de la CIA y
el FBI si no incluía una cláusula
en mi contrato con “Universal Music”. Argumentaron que,
como yo estaba muy Universal con ese contrato, la ONU pretendía
escudarse en mi imagen para tratar de ganar un poco de la credibilidad
que ha ido perdiendo de un tiempo a esta parte. Por no molestar a mis
amistades de La Corte Suprema, ni apelar a mis influencias en La Casa
Blanca y por no sentir la molesta sensación de que me siguen
agentes encubiertos, accedí a lo que me pedían esos truhanes.
Conclusión:
ahora, antes de salir a escena y ponerme a contar chistecitos, tengo
que agarrar el micrófono, fingir que hago pruebas de sonido
y decir: ONU, ONU, ONU… ONU, DOS
TRES… ¡Probando! Pruebas que hay que pasar para
ir pagando, de algún modo, el costoso precio de la fama.
Henry K Mart:
Big Henry,
como le digo yo cuando quiero tratarlo con deferencia, ya que entre
nosotros no existen diferencias, se hizo amigo mío por pura
casualidad. Hace cuestión de dos años, seis meses, nueve
semanas, tres días, trece horas, treinta y tres minutos y quince
segundos (aproximadamente) me personé en una de sus tiendas
a devolver un par de zapatos que me apretaban un poco (a duras penas
pude llegar arrastrándome a donde estaba la encargada del trámite).
Le dije: “vengo a la devolución”. La pobre mujer,
una cubana recién llegada que aún conservaba en su mejilla
izquierda, a pesar del maquillaje, la visible quemadura del sol que
soportara luego de la travesía en balsa, entendió que
yo había dicho: ¡Viva la Revolución! Y se puso
a gritar como poseída por los demonios.
Big Henry, que dicho
sea de paso se ha “Henryquecido” con su tienda (quizás
por lo barata), estaba “lunchando” en los parqueos, oyó la
gritería y vino solícito. Cuando le expliqué lo
ocurrido, en desagravio, me cambió los zapatos. No solo por
un número menos pequeño, sino por un color más
llamativo (los que me apretaban eran grises con pespuntes negros y
parecían dos sarcófagos). Yo, en pago por tan bonito
gesto suyo, le pregunté si quería ser mi amigo. Él
me dijo que sí. Y en eso estamos. A cada rato me invita a almorzar
en alguno de sus amplios y soleados parqueos. Admiro a Big
Henry K Mart porque es un “lunchador”. ¡Y
yo también
lo soy! De más está decir que la admiración es
recíproca. SHELL: (en español
Concha)
Jaques Cousteau (un
francés así apodado porque usaba “jaques” y
recorría las “cousteaus” buscando carapachos
para jicoteas) encontraba conchas hasta debajo del océano. Sin
embargo pasó mil veces por delante de los anuncios de SHELL y
nunca se percató de
lo que se estaba perdiendo. He ahí lo malo
de hablar un solo idioma. En cambio yo, bilingüe de nacimiento,
gracias a los estudios de Inglés sin Fronteras realizados por
dos de mis progenitores, al llegar a EE.UU en febrero del 2002 y ver
los letreros de SHELL recordé a mi entrañable
compañero
de estudios y pupitre (en la escuelita a donde asistíamos había
un solo pupitre y dos alumnos. Maestro no teníamos) Hermenegildo
de la Concepción (en Cuba Concepción es CONCHA y CONCHA,
en inglés, es SHELL, no repito más). Pues nada,
pensé que
Hermenegildo, quien salió por El Mariel en 1980, sería
ya el dueño de la famosa empresa. Lo busqué, lo encontré y él
mismo confirmó mis sospechas. ¡Era el dueño de
SHELL!. Sin darle más vueltas al asunto, reiniciamos
nuestra amistad. ¡Más claro ni el petróleo! No
obstante, han habido líos. Ayer Hermenegildo llegó a
su hogar más
temprano que de costumbre, me sorprendió con su mujer en la
cama y, muy ofendido, me dijo: ¡Pible,
ESSO no puede SHELL y TEXACO de mi casa! ¡Y me botó como
un perro de su mansión!
Todos los millonarios son un poco excéntricos. Pero, más
tarde o más temprano, terminan por pagar el caro precio de sus
excentricidades. Si SHELL no hubiera roto relaciones conmigo
por celos infundados, yo habría seguido dándole a su
esposa las instrucciones necesarias de cómo manejar el negocio
y en este momento los clientes de Hermenegildo SHELL no
estuvieran tan bravitos con ELL. ¿Ustedes que andan en
vehiculos motorizados (moto erizados) notaron cómo han subido
los precios de la gasolina? Y eso no es nada, me dijo mi socio Geovanni
Romero (el que ahora está saliendo
con la esposa de SHELL) que el barril de crudo se va a poner
más
caro aún. Por suerte yo ya me salí de esa historia de
amor y amistad y, además, el petróleo crudo me hace muy
lenta la digestión.
Lo voy a seguir comiendo cocinado. Lo único que lamento es que
mi buen amigo Geo se haya metido en esto.
Johny Wal Mart:
Mi actual esposa tiene mucho que ver en mi relación
amistosa con Johny Wal Mart, el dueño
de una de las tiendas más económicas y, por ende, más
frecuentadas de Estados Unidos. Para darles una idea, apelo a mi memoria
y transcribo la primera carta de amor que le envié a ella. (A
mi esposa; no a la tienda): Decía así la histórica
misiva:
Emmita: Me recuerdo en esta hora de cuando te
conocí en casa de Johny Wal Mart. De cuando me propusiste
casarnos. De toda la tensión de los preparativos. Un día
pasaron preguntando a quien se debía avisar en caso de boda
y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después
supimos que era cierta, que en un matrimonio hay que casarse, si
es verdadero.
Wal Mart nos dijo: “Vayan
y compren todo el ajuar en mi tienda, que yo les voy a resolver un
cupón descuento… (sic)”
Asombrado (estábamos debajo de un árbol,
casualmente el mismo árbol en cuyo tronco una niña grabó su
nombre henchida de placer) le pregunté: ¿hablas
en serio, Wal Mart, “descuento” contigo para eso?
Y él, con
la confianza en mí mismo que siempre lo ha distinguido, me manifestó: ¡Era
un chiste, Pible, pero me ha conmovido esa fiebre de obsesión
que tiene Emma (mi actual esposa) por casarse contigo. Pasa por la
tienda y veré qué puedo hacer!.
El resto es historia conocida. Con el decursar
de los años sigo con la misma mujer. Y en Wal Mart, además
de la confianza de antaño, tengo ahora el 40% de las acciones.
Dinero que, dado mi carácter filantrópico, he destinado
para que le paguen a los trabajadores de esa enorme cadena de tiendas.
Prefiero, más que los millones de dólares, los miles
de amigos agradecidos que tengo en Wal Mart. Amigos que integran mi
principal Club de Fans (tasmas) y que usted puede conocer si visita
la tienda y pregunta por ellos.
¡Y
pensar que muchos excépticos
no creen en los fantasmas ni la publicidad y botan los cupones de descuentos! ¿Cuántos
amigos han perdido?, me pregunto yo.
Próximamente aquí: no se pierda
las fotos del Club de Fans (tasmas) de Wal Mart, presidido por Rolando
Fujita, un mecánico de Varadero que vino para Miami en una motocicleta
rusa con motor fuera de borda. Y ahora ensambla bicicletas y arrastra
sus cadenas.
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